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  EL PAPEL, ESA OUTRA PIEL: UNA ETNOGRAFIA DE RETORNO A LAS PALABRAS

Maria del Rosario Sanabria Rivas

Este texto representa una síntesis de la etnografia que presenté para obtener el título de antropóloga de la Universidad Nacional de Colombia de Bogotá (2004) y una memoria del trabajo realizado con varios profesionales de diferentes disciplinas entre los años 1994 y 1998 en la Corporación Cachivache. Trabajamos en un sentido contrario al de las fuerzas de la exclusión social, con jóvenes y adultos que se encontraban viviendo en las calles de Bogotá. En este programa de atención a habitantes de la calle, trabaje como profesora.

1. LA PIEL COMO ÚNICO PAPEL
Cuando se vive en la calle, se tiene el cuerpo marcado: “ya me hicieron mi cierre” dijo un día Jana, luego de que su compañero la había herido en el estómago con un cuchillo “por quedarme(se) por ahí toda la noche y sin decirle nada”. Ella salía pálida del hospital, un poco asombrada, pero atrás de sus ojos, cuando lo contaba, parecía haber una aprobación. Jana acababa de cumplir 18 años y estaba ahorrando para hacer las “vueltas” para sacar la cédula. Ya había pasado una temporada en la cárcel de menores por hurto. Había asistido cuatro años a la escuela del barrio Las Cruces del centro de Bogotá, y aun parecía hablar como una niña menor. Saliendo del hospital, parecía como si ella hubiera acudido a un rito de paso: Jana representaba en ese momento a multitudes de jóvenes que tienen un pie en la casa y otro en la calle, quienes perteneciendo a una familia con escasos o inexistentes recursos económicos sumados a los de una estructura familiar fragilizada, y viviendo en condiciones de hacinamiento, sienten el deseo de salir a las calles para probar la libertad que parece ofrecer las calles de la ciudad. Ahora su cuerpo estaba marcado por un destino del que no pudo huir. ”No hay derecho que no se inscriba en los cuerpos. Él domina el cuerpo... Desde el nacimiento hasta la muerte el derecho se “apodera” de los cuerpos para hacerlos su texto. Mediante toda suerte de iniciaciones, él los transforma en tablas de la ley, en cuadros vivos de las reglas y las costumbres, en actores del teatro organizado por un orden social… siempre es verdad que la ley se inscribe sobre los cuerpos. Ella se grava en los pergaminos hechos con la piel de sus súbditos” (De Certeau 1990: 231). Y es que Jana en este caso decía “ya…” como si fuese el resultado de un proceso o de un esfuerzo, anunciando el fin de una etapa y el inicio de otra, como si esos hechos representaran la adquisición de un nuevo estatus. Ella ya pertenecía al mundo de la calle, porque ya salía sola en la noche, sin su guardián compañero, y su cuerpo estaba marcado con “su cierre”, por la osadía de hacerlo sin avisarle. La marca en el cuerpo, -“mi cierre”-, le confirmaba desde este momento de juventud, el haber adquirido el estatus de “de la calle”, de “ñera”. Esta situación aparecía como el resultado de una urgencia de adscripción en algo, de vinculación, de construcción de una identidad, de inscripción en una subcultura. El acto violento de agredir físicamente a su compañera, por parte del muchacho, aparte de ilustrar la agudización de las formas de sometimiento en que viven las mujeres en la calle, parece decirnos algo sobre la falta de reflexión y de palabras mediadoras de estos jóvenes ante los conflictos, situación que llevada a un extremo resulta en heridas físicas, y a veces en la muerte. Al mismo tiempo, la explicación de Jana llama la atención en la medida en que acompaña la falta de –“quedarse por ahí”-, de una segunda falta –“sin decirle nada”, que le da mayor gravedad a la primera. Esta situación también expone la rigidez en las formas de las relaciones entre los ''ñeros'' y se acoge a nuestra hipótesis inicial: que la dinámica de la vida en la calle iba reduciendo en forma creciente la posibilidad de comunicarse verbalmente, agudizando las formas violentas de interacción y propiciando continuamente un paso al acto, sin posibilidad de llegar a acuerdos o treguas ante los conflictos. El cuerpo, o mejor, la piel como único papel, escribí en mi Cuaderno de Notas, que por descuido marqué como “Cuerpo de Notas”. El cuerpo y las notas ya empezaban a tejer algún sentido, aparecían como cabos dispuestos a anudarse o desanudarse. El objetivo de mi trabajo, era pues, incentivar el uso del lenguaje, ampliar y cultivar el terreno de las palabras con miras a reducir la acción y la retaliación directas sobre el cuerpo, tan frecuentes en la vida en la calle. Crear un espacio donde las palabras fueran más que vehículos para una demanda o una agresión, donde adquirieran otros valores, donde fueran vías para negociaciones y construcción de relaciones, de compromisos, de historia, de vida: Un lugar donde, para empezar, las palabras personales tuvieran lugar. La casa de Cachivache, ubicada en la Candelaria, al costado de la Biblioteca Luis Ángel Arango, quería ser una parada para el sosiego, para el reposo y alternativa a la calle. La calle, lugar de permanente circulación, donde la inmediatez, las exigencias de la sobre vivencia, las relaciones de extrema rivalidad y las experiencias de rebeldía y actos al margen de la ley, la convertían en lugar de refugio y fuga permanente, en el cual se vive bajo normas brutales, bajo leyes implacables que frecuentemente y de manera acelerada conducen a la muerte.

1.1 Señales de puño y letra: “Estando en el taller de lenguaje, algunos meses después de conocernos, Tulia buscaba una oración entre sus generosos pechos: sacaba todo de allí, un Divino Niño, un lápiz sin punta, algunas fotos, cordones, monedas, hilo y aguja, y finalmente una patecabra, navaja plegable que los ñeros cargan escondida y que me presentó sin dejármela ver y diciendo: “esto es por si a alguno se le va la mano en sus palabras” (Sanabria 1995). Nuevamente las palabras y los actos de violencia aparecían relacionados. Esta vez, la patecabra no sería usada por la ausencia de palabras. No estaríamos ante una ausencia, sino ante un exceso. La agresión a través de las palabras se cobraba usando la patecabra. Y consecuentemente, el uso de la patecabra provocaría en el adversario un silencio, temporal o definitivo. Viviendo en la calle las palabras estaban sometidas a la misma dinámica de inmediatez y urgencia, padeciendo de una carencia de opciones y de creatividad ante las diversas situaciones. Las palabras de Tulia indican una equivalencia: una agresión (de palabras) frente a otra agresión (con un arma). Y si, como lo sugiere Brodsky, las armas son una extensión del cuerpo, como cualquier otra herramienta, la escena y el diálogo con Tulia nos ponía de nuevo frente a esos dos cabos no sueltos: el cuerpo y las palabras. “Cállese y bájese de lo que tiene, rápido” me ordenó Ponas una vez por la calle, a las tres y media de la mañana, un par de años antes que nos presentaran en la casa de Cachivache. Silenciar con palabras, en este caso, se parecía bastante con una agresión física. El “cállese” que me profirió Ponas acercándose a mi cuerpo, intimándome con el suyo, con su respiración y su saliva salpicada sobre mi rostro, me hizo sentir la presencia de un arma, que no vi, como en la escena con Tulia. La intimidación, a través de un cuerpo extendido hacia el mío, se tornaba como un cuerpo armado. Entonces las palabras en la calle también se usan para pedir o forzar, adquiriendo según el tono, el valor de un arma. “La violencia simbólica, en su debilitamiento da paso a la violencia imaginaria. El arma remplaza la ley e impone el orden que la palabra y la ley escrita, en tanto han quedado impotentes, no logran. La potencia se sitúa entonces en el arma, que como objeto fálico produce la ilusión de poder, por su poder de aniquilar al semejante, de dejarlo inerme, sin voz y sin lugar” (Díaz 2001: 119). La distancia entre las armas y las palabras parecía ser poca y su relación múltiple. Estos cuerpos de los jóvenes sin casa, estaban condenados a recibir y cargar las unas o las otras de la misma manera, como amenaza, como agresión, como defensa, como guardianas de una vida expuesta sin barreras de protección, ni físicas, ni simbólicas. Unas amparaban o reemplazaban las otras y unas hacían valer las otras. Si las palabras podían servir como armas, o provocaban el uso de ellas, o las armas aparecían como ausencia de palabras, habría que pensar en nuevos escenarios, donde las palabras se encontraran con más palabras y pudiéramos resguardar los cuerpos, lejos de las armas. Habría que pensar en las palabras como extensiones de los cuerpos, palabras para mediar ante los impulsos de violencia, palabras para unirnos unos con otros, desplazando las armas físicas, y fortaleciendo el mundo de los símbolos. Después de pasar años de institución en institución, calmando un poco el hambre y el frío a cambio de la misma frase: “lo que yo quiero, es salir adelante”, aprendíamos que las personas decían con sus palabras que estaban confinadas en un atrás. Atrás de otros, -que no están atrás, o que están un poco menos atrás-, atrás de la escuela, atrás de la familia, atrás de las instituciones, atrás de la ciudad, atrás de la calle, atrás de la sociedad, atrás de sus historias, atrás de si. Queríamos pues construir un espacio, donde las palabras se encontraran con más palabras, ayudándonos a salir de ese atrás, donde intentaríamos romper el círculo vicioso de “armarse para silenciar cobrando la propia ausencia de voz”. Un lugar donde sembráramos la posibilidad de ensayar una convivencia y un crecimiento personal, y que aunque temporal y experimental, fuese verdadera, y creativa.
1.2 Desde el silencio: “Mi cuerpo escucha atento otros cuerpos. Me quedo silenciosamente atenta a cada vibración, ruido o tarareo de esas voces, a veces silenciosas y tantas veces silenciadas, que rozan mi cuerpo y lo hacen vibrar” (Sanabria 1995). Anjo, un joven adulto de veinte y poco de años, de origen caleño, que vivía hacía ya casi diez años de aventurero por las calles de Bogotá, que acostumbraba a viajar, y que había participado del proyecto Cachivache desde sus inicios, impulsaba la existencia del taller de pintura y de teatro. Para iniciar un camino, yo aprendía de Anjo, que preparaba en el taller de teatro una pequeña pieza, donde él era el único personaje. Él representaba un escultor que, con los ojos tapados, en medio de una eterna embriaguez y sin palabras, descubría las formas de sus obras con el tacto. Al mismo tiempo, Martela buscaba en al altar que ella misma instaló en el primer piso de la casa, y que cuidaba y adornaba a cada mañana con flores, monedas, santos y oraciones, la fuerza para iniciarse como actriz. Exploraba en su intimidad eligiendo un camino que parecía transportarla al carácter religioso de su ser. Las únicas palabras que surgían en su ensayo teatral titulado “El Grito en la Catedral”, eran siempre las mismas: “¡que se salga!”. Frase que ella repetía de mil maneras, desde el susurro, subiendo la voz hasta gritar, desde la súplica hasta la demanda imperativa, acompañando la exploración sobre su cuerpo. ¿De qué otra catedral estaba hablando Martela si no de la de su cuerpo? Interpreté que en lo más íntimo de su ser había algo tratando de salir, que podía ser su propia voz, sus propias palabras, si no algo que las atrapaba. Martela también había participado de Cachivache desde sus inicios, había ayudado a buscar la casa y se comportaba por tanto como una especie de anfitriona. Su nombre era Rafael y desde niño estaba transitando de institución en institución, aunque hacía ya varios años vivía en las calles del barrio la Candelaria, y ejercía la prostitución en las calles del centro. En momentos de fragilidad acudía a alguna institución, donde se amparaba por un tiempo. Aprendiendo de la obra de Anjo y de la práctica religiosa de Martela pensé que saber que se está con el otro en el silencio, era la forma de llamar la atención sobre el valor que pueden tener las palabras: en silencio nos leíamos cada mañana, como el ciego que busca a tientas el relieve de las letras. En silencio nos quedábamos con nosotros mismos, cada uno en lo suyo, cada quien leyéndose, cada quien dibujando su propia sombra con sus palabras silenciosas. En el taller de lenguaje escribimos nuestros nombres con chorros de colores sobre tablas de antiguas cajas de manzanas, peras y ciruelas que Tulia nos trajo. Tablas que aceptó guardar, pues ella recogía las cajas en la calle y trabajaba con las tablas gruesas para hacer butacos y nos dejaba las más finas. Nuestros nombres quedaron como pinturas. A pesar de que no teníamos pinceles, Tulia nos mostraba cómo hacerlo con los dedos: Martela, Tulia, Anjo, Jova, Sara, Eduardo, Jana, Ferdy, Zasa. Las pegamos a la pared de un pequeño salón alargado que nos ofrecieron, un poco oscuro en el fondo, donde quedaba el armario y cerca de la entrada contaba con una ventana desde la que recibíamos un poco de sol cada día. Mientras Martela quería parecer una dama exhibiéndose y hablando sin parar con su gruesa y afinada voz de joven, Tulia, que sobresalía a mis ojos con un cuerpo grandote y mirada sincera, hablaba poco y en voz baja. De ella, no entendía lo que decía ni tampoco sabía si se estaba dirigiendo a mí. Sus palabras parecían no alcanzar a salir completamente de su cuerpo. Ellas dos querían tener tareas, ser las primeras de la clase, tener cuadernos y recibir calificaciones periódicas. Después de un tiempo Martela me pidió que como profesora les contara algo, y se me ocurrió contarles el cuento de El Último Traje del Emperador de Hans Cristian Andersen. Mientras les narraba la historia, notaba que ellas más que escucharme me observaban. Como si a lo que quisieran asistir ávidamente era al surgimiento de mis palabras, como si fuera una materia que estuviera saliendo de mí. Narrar parecía un puro acto físico. Los verbos decir, pronunciar o escuchar y observar se indiferenciaban. Y la metáfora de lo invisible del vestido del emperador en el cuento, resultó totalmente irrelevante para ellas. Aquel día ellas se fueron sin despedirse después de mirarme con extrañeza. Yo me quedé desconcertada y con la sensación de estar perdida. Tulia siempre tenía libros, que encontraba en la calle o compraba por doscientos o trescientos pesos; otros los habíamos comprado para las clases. Después de un buen periodo de compañía silenciosa, un día le pregunté sobre el cuento que leía. Ella me narró una historia un poco atomizada, mostrando sus emociones, pero lo más sobresaliente era la riqueza en sus descripciones minuciosas. Parecía haber puesto una lupa sobre los objetos. Era como si me estuviera mostrando cosas. Tulia cada vez me mostraba más su curiosidad por todas las cosas: astronomía, cocina, costura, televisión, biología, historia, y se quedaba un poco frustrada por la cantidad de veces que le contestaba, “no sé”, ante sus preguntas. Pensando en su especial gusto por las historias que tenían animales, conseguimos algunos libros de cuentos de los hermanos Grimm y de Hans Andersen y un libro de fábulas, libros que ella no abandonaba y que incansablemente releía y a veces copiaba.
1.3 La escuela: Si Anjo y Martela nos iluminaban en el teatro trechos de un camino que podría dar lugar a sus palabras, Tulia nos mostraba otro camino: con sus dedos iba regando dos o tres manchas de color, de donde iban apareciendo, gallinas y pollitos. Las manos de Tulia acertaban y la práctica de la pintura le ayudaba a dejar salir algunas palabras, tarareos de canciones y hasta fragmentos de relatos que casi no se podían escuchar. Aprendíamos entonces que la pintura y la escritura estaban emparentadas para Tulia y que las palabras habitaban esas otras casas: el teatro y la pintura. Todos los días al llegar a la casa de Cachivache, Martela me contaba la novela Café. Esta era la antesala: me la contaba en la calle, en la puerta de entrada, en la escalera, mirando por la ventana, en el corredor. Y finalmente en el taller. Yo no siempre la veía, pero ella me ponía al tanto: Martela en su narración era Carolina Olivares, Martela Vallejo, la abuela de Sebastián, ella era todos los personajes femeninos. Yo me volví su secretaria, ella dictaba, sin ninguna clemencia, y yo copiaba rápidamente. Este ejercicio que nació del encuentro cotidiano le permitía a Martela jugar a ser cada uno de los personajes. Ella ensayaba a ser una ejecutiva, una abuela, una joven universitaria, una empleada doméstica. Sus primeras y exageradas actuaciones iban siendo cada vez más mesuradas durante la narración, y con la práctica, Martela pasaba de sus primeras narraciones caóticas y fragmentadas, inconclusas siempre por la aparición de otro asunto, a nuevas y cortas historias sobre el capítulo entero de la noche anterior, con ricas descripciones y la presencia de elementos intangibles como aromas, sentimientos e ideas. Gracias a que todos los días la prensa traía fotos de los personajes de la novela, la pudimos ilustrar. Fue nuestro primer cuaderno. Como estábamos en clase, entonces salimos a comprar los cuadernos, los lápices, los esferos, los borradores, --siempre pocos--, los tajalápices y los colores. Y claro, algunas cartillas escolares que se sumaban a las que Tulia siempre consigue. Lo primero era marcarlos como se marcan los cuadernos: Nombre del dueño: ¿qué poner? ¿el nombre? O tal vez no, era revelar que se tenía un nombre verdadero y un apellido, ¿hacía cuanto tiempo no se escribía el nombre propio y completo? Curso: El curso era algo raro, ¿qué poner? Cada quien lo resolvió como quiso. A solas y en silencio Martela dudaba en el intento de escribir su nombre. Después de risas nerviosas fue decidida a buscar su cédula de ciudadanía y teniéndola en su mano como si fuese un tesoro inútil, decidió decir su nombre: Rafael. No conseguía ubicar las letras de su nombre y mostraba con sencillez la foto de un joven muchacho parecido a ella. ”Martela se queda silenciosa y espontáneamente le propongo un juego: Le cojo la mano y ella la deja suelta como si fuera una muñeca. Se la extiendo sobre un papel separándole los dedos y hago lo mismo con la otra mano. Le junto los pulgares. Parecen dos alas extendidas. Con un lápiz pequeñito voy dibujando la silueta. Ella está medio absorta mirando por la ventana, mirando hacia un lugar fuera de casa, distante, o tal vez dentro de sí. Cuando termino de dar la vuelta a sus manos, su rostro se voltea y me mira. Ella se sonríe pensativa y se va sin decir nada”. (Sanabria 1995). Quería decirle a Martela que podíamos empezar por dejar la huella de sus manos en el papel, abriendo un camino para aprender a leer y escribir, pero sin saberlo le dije más cosas: creo que le dije que la aceptábamos como Rafael o como Martela, y creo que acogiéndola con una línea e invitándola a recogerse un poco, resultamos dibujando una pequeña habitación para ella y al mismo tiempo sus alas. El lugar del profesor se iba construyendo en el día a día, compartiendo experiencias, al lado de los ñeros, al lado de Tulia, que con treinta y tantos años de vida y experiencias, insistía en la literatura infantil. Al lado de Martela, que sin proponérselo iba modelando nuestros encuentros con sus personajes de telenovelas vividos en ejercicios de oralidad. Con Sara, que vencía su tremenda timidez y después de que su compañero saliera de la sala, me repetía “yo sí quiero estudiar”. Con Anjo, que prefirió llamarme la profesora pollito, para distinguirse de los demás “tan infantiles” y así huir de su tímido y sincero deseo de “mejorar la ortografía”. Al lado de quienes iban al taller y daban los buenos días o tiraban una puerta para llamar la atención. Al lado de Zasa, Carlos, Ferdy, Judy y tantos otros que se acercaban al taller diciendo que querían leer y escribir, que no sabían, que se les había olvidado, que cómo era, que nunca les enseñaron, que tal vez si les enseñaran bien…. Entonces mis investigaciones sobre métodos de alfabetización, me retornaron al pensamiento y experiencias del maestro de maestros, Paulo Freire. La idea que sostiene que la lectura de la palabra, en términos alfabéticos, es precedida por la lectura del mundo surgió de la propia experiencia del autor, habiendo comenzado a estudiar y “alfabetizarse” ya adolescente, cuando al mismo tiempo que leía el mundo, accedía al ejercicio de leer las palabras. La lectura de La construcción de la escritura en el niño desarrollada por Emilia Ferreiro me ilustraba la idea de un aprender a leer y escribir, como la aproximación y adquisición de un sistema de representación alfabética del lenguaje, presuponiendo en ese proceso, el encuentro de aportes de cada sujeto aprendiz, aportes del sujeto profesor y la aceptación conjunta de una serie de reglas propias de dicho sistema. En esta configuración del aprendizaje, las concepciones propias de cada una de las partes sobre el sistema de representación al que aspirábamos a acceder, matizaban y mediaban el camino para aprender. Adicionalmente, la ya antigua llamada “Nueva Pedagogía”, escuela en la cual se inscribió con grandes aportes Célestin Freinet, nos hacía un llamado a la valoración de la escritura personal y voluntaria de cada sujeto, escritura designada libre. La búsqueda conjunta y particular del proyecto personal de cada estudiante, llamada por el autor como “Tanteamento Experimental” y la perspectiva de una escuela abierta a la vida nos ayudaron a bocetar un taller de lenguaje donde todos cabíamos: los jovencitos, los largos , los parceros sanos y no sanos, los chinches y hasta los ya cuchos . Cada uno podría empezar su proyecto. Como aprendiz de Freinet y como “profe” no dejé de imaginar una pequeña imprenta en el taller, que nos mostrara la materialidad de las letras, de las palabras, que nos ayudara a pasar a los otros nuestros escritos, como cuerpos entre cuerpos. Estos autores con sus planteamientos fueron dándonos herramientas que aprendíamos a tener como en un baúl invisible. Varias veces pensamos con los otros profesores del proyecto, que nuestro trabajo se parecía al del “culebrero”: ese personaje de la cultura popular colombiana, que iba de pueblo en pueblo, instalándose en las plazas o mercados, atrayendo y encantando a la gente con sus palabras, y que cargado de remedios, pomadas y oraciones, iba ofreciendo con la agilidad de las culebras la pomada y el rezo preciso para cada caso. Íbamos consiguiendo libros de historia con imágenes, un lindo y sencillo diccionario de español, un atlas geográfico con mapas de colores, revistas Selecciones, libros con poemas, los cuentos de García Márquez, de E. Allan Poe, cuentos policíacos, y comics entre otros. También conseguimos libritos miniaturas de refranes, adivinanzas, canciones, proverbios, salmos, remedios caseros, agüeros para el amor, frases para enamorar y otras curiosidades que Tulia me acompañaba a comprar en la carrera décima, y que cada uno se iba echando al bolsillo. Tulia después de ojear el atlas y algo de historia, siempre volvía a los cuentos de hadas, a los hermanos Grimm y a Hans Andersen, a las fábulas de Esopo, a los refranes y retahílas populares. Los cuentos de hadas parecían no cansarla leyéndolos reiteradamente, copiando algunos apartes y dibujando sus personajes y escenas. Estas historias fueron el principal tema de sus primeras pinturas. En las tardes, ella asistía a las clases de pintura e iba recreando los pequeños príncipes con espadas y las monstruosas madrastras y brujas de sus cuadernos. Ahora ella experimentaba formatos mayores y pintaba con crayolas, carboncillos, colores, acrílicos, y lápiz, sin reparo. A veces las técnicas se mezclaban insólitamente y Tulia iba lentamente mostrándose y afirmándose como lectora-pintora. Martela, después de hacer su primer cuaderno ilustrado con el tema de la telenovela Café, quería participar de las clases mientras encontraba un lugar para estudiar belleza; por el momento dibujaba los cosméticos, recortaba de las revistas los diferentes peinados, copiaba las marcas de los productos, los rostros de los modelos, los de las modelos y jugaba con las letras empezando cada vez un cuaderno nuevo. Recortaba letras de todos los tamaños, armaba torres con ellas, las ponía alrededor del último “papis” que encontraba, las ponía al derecho, al revés, las nombraba o preguntaba cual eran, pero no parecía muy entusiasmada con el propósito. Cuatro meses después de empezar a trabajar juntas y después de haber desistido de mostrarse como la alumna estrella y sin saber cómo conseguirlo, me dijo mirando sus recortes: “¡ah! Rosario, yo no les pongo mucho cuidado a las letras… Pero a los hombres sí les da envidia que las mujeres se pongan bonitas!¿no?” (Sanabria 1996). Martela estaba preocupada por los hombres, por las mujeres, por ella, por su belleza, por su cuerpo, por sus intereses sexuales, por el interés de ella en ser mujer, por el interés de los hombres en ella, y en realidad recortar letras e intentar organizarlas para poder leer “Martela”, parecía tener poco o nada que ver con sus intereses. La narración de la telenovela Café, le permitía ensayar a ser varias mujeres, a estar en frente de los hombres que se relacionaban con ellas, le permitía ser varias y tener una voz múltiple. Martela jugaba con dos cabos sueltos, que hasta el momento no sabíamos como atar. Pero ella quería seriamente ser alumna de lectura y escritura y quería expresar seriamente sus ideas. Sara e Igor, que siempre estaban cogidos de la mano, se acercaban cada vez con más frecuencia al taller. No sabría calcular la edad de ellos, porque cuando se vive en la calle, la edad cronológica no dice mucho. Supongo que Igor tenía cerca de veinte años y Sara debía tener unos diez y ocho. Igor me dice que terminó la primaria y Sara no sabe escribir su nombre. El primer día que nos vimos hablamos un poco sobre los intereses de cada uno e Igor habló de su interés por la historia y la poesía. Sara se quedó callada. Ya cuando iban saliendo, ella se devolvió sin él y me dijo “yo sí quiero estudiar”. Parecía una niña de pocos años. En nuestro pequeño salón alargado, íbamos juntando tres butacos, un pupitre individual y otra mesa en la que cabían tres o cuatro personas y que acercábamos a la ventana. Ahí nos sentábamos casi siempre con Tulia. Al fondo, donde estaba el armario y aunque era más oscuro, con frecuencia alguien llevaba una silla para allá. Y a veces se quedaban dormidos. Siempre que estábamos trabajando, o estudiando, como algunos decían, cerrábamos la puerta. Así nos aislábamos un poco de las peleas en el patio y de los gritos y barullos que salían del taller de teatro. Del movimiento incesante de las mañanas, unos entrando y otros saliendo, sin horario fijo, con las peleas por una cobija robada, por el turno del lavadero o la ducha, por la propiedad de las cuerdas para la ropa, los estragos de los perros de Tulia que a veces se colaban y Martela en su trabajo de ordenar la casa, lavando el patio y coqueteando o peleando, o por otras tantas razones que no faltaban, habíamos pasado a un momento de calma. Ya no se oían las patadas que recibía la puerta diariamente anunciando la llegada de alguien, Martela hacía rápido su trabajo de aseo para subir a “hacer la clase”, Anjo y Jova se reunían para hablar de sus negocios sin provocar a los demás, Tulia tenía que dejar los perros afuera, y los nuevos visitantes de cada día se iban acomodando al nuevo ritmo. Con el día a día aprendíamos a trabajar con la puerta cerrada para tener un poco de privacidad y quien entraba cerraba de nuevo la puerta. Un día resolvimos lavar la puerta y descubrimos que era blanca, con unas celosías que aún con la puerta cerrada se podían dejar abiertas y nos entraba más luz. Con Nilson conseguimos tierra y sembramos geranios y hierba buena en los cajones que colgaban de las ventanas. La casa ya era conocida para los ñeros. Algunos reposaban allí por un día, otros por una semana y otras veces se quedaban intentando alguna cosa un tiempo mayor. En oposición a las normas de la vida en la calle, fuimos construyendo una escuela donde las palabras fueran apreciadas sin ninguna condición y sin juicios de valor. Esto quería decir que allí se podía decir todo, en silencio, en la conversación, sobre el papel, sin pena y sin temor.
2. ANTONIO NAÑERO
“En nuestro primer encuentro Tulia me extiende la mano mientras recorre mi cuerpo de pies a cabeza con su mirada, deteniéndose por un instante en mis ojos. Siento su mano de piel gruesa y seca. Después de decirle mi nombre, ella dice algo que no entiendo y tampoco me queda claro si se estaba dirigiendo a mí. Me quedo pensando si ella tiene dificultades para hablar y hasta me pregunto si no será muda” (Sanabria 1994).

2.1 Las fundadoras: Tulia y Martela fueron fundadoras del Proyecto Cachivache y ayudaron a buscar la casa en el barrio la Candelaria. En nuestro primer encuentro, Tulia sobresalía a mis ojos con su cuerpo grandote y mirada sincera, hablando poco y en voz baja. A los pocos días de que nos presentaran, ella llevó al taller dos libros que eran de su propiedad. Eran dos cartillas escolares que estaban sucias y viejas y me contó que las había comprado por trescientos pesos. Después de un rato compartido con pocas palabras, me mostró sus libros deteniéndose en las ilustraciones. Estas la estimulaban a expresarse con emotividad, con gestos y palabras y hasta resultó cantando un poco cuando encontró la lámina de una rana. Se notaba que ella conocía muy bien sus libros y se mostraba animada enseñándome con especial interés las imágenes de animales que iba encontrando. Desde los inicios de esta experiencia, la relación con Tulia estuvo moldeada por el juego. Las primeras veces que nos encontrábamos en la casa de Cachivache, en la escalera o en el corredor, ella me decía cosas que yo no entendía. Con el tiempo fui descubriendo que me proponía juegos de palabras o adivinanzas. A veces me cantaba algunas frases que yo no lograba escuchar bien. Íbamos consiguiendo libros de historia con imágenes, un lindo y sencillo diccionario de español, un atlas geográfico con mapas de colores, revistas Selecciones, libros con poemas, cuentos de García Márquez y de E. Allan Poe, cuentos policíacos, y comics. La presencia de estos primeros libros fue colaborando en el acercamiento de los visitantes al taller de lenguaje. Tulia, especialmente, se mostraba estimulada para saber con qué material contábamos, quería ver todos los libros, ojearlos, pasarles sus manos por encima y saber qué íbamos a hacer con ellos. Cada mañana Tulia llegaba temprano. Desde la esquina anterior a la casa, la veía venir con su grupo de perros atados a cabuyas y cuerdas que ella anudaba y dominaba con fuerza. Federico, el coordinador del proyecto, le había autorizado entrar los perros a la casa pero dejándolos en el primer piso, en el patio. Luego de dejar los perros en el patio, nos encontrábamos con Tulia en el salón que teníamos para el taller de lenguaje. El sol nos visitaba y por lo general, Tulia y yo nos sentábamos en la mesa que poníamos cada día al costado de la ventana. Los primeros días la veía ojeando revistas y pasaba un buen tiempo mirando los cuerpos de los modelos jóvenes con ropa de moda y peinados novedosos. A veces ella estaba muy brava, pero cada vez más visitaba el taller con buen ánimo. Si en el salón había visitantes nuevos Tulia se intimidaba y no siempre entraba porque con frecuencia ella era objeto de burlas e insultos por parte de los grupos de jóvenes que la trataban de “gorda cria-perros” y “loca”. Ellos disfrutaban molestarla y amenazarla con maltratar o robarle los perros, que eran su compañía. Con frecuencia Tulia me quería mostrar alguna cosa, un libro, una ilustración de un animal, una oración religiosa impresa que había encontrado por la noche en la calle o simplemente me esperaba para ver si había llegado con más libros. Sin embargo, cruzábamos pocas palabras. Ella visitaba diariamente el taller de lenguaje y aunque mostraba interés en comunicarse conmigo, hablaba cortando las palabras y en tan bajo volumen que rara vez le entendía algo. Balbuceaba siempre con la cabeza agachada.
2.2 Las palabras y el cuerpo: Pasé un buen tiempo sin escuchar muy bien lo que Tulia hablaba. Me preguntaba cada vez si ella no pronunciaba correctamente las palabras o si no las completaba. Por el contrario, ella me entendía todo muy bien y se interesaba por las cosas que yo le decía y le mostraba. Pasábamos el tiempo mirando pinturas, láminas, mapas y libros de cuentos. Ocasionalmente empecé a hacerle pequeñas sugerencias o plantearle preguntas, pero ella entonces se mostraba un poco nerviosa. Un día me mostró un cuento que solo tenía imágenes. Yo pensé que podíamos hacer el ejercicio de narrar una historia, pero ella pensó diferente, ella narraba una historia con cada imagen. Las imágenes presentaban como personaje principal a un niño o pequeño príncipe y me animé a preguntarle el nombre de este personaje. Después de que ella había estado tan dispuesta a compartir conmigo el paseo por este libro, se puso un poco nerviosa y se mostró molesta retirándose del ejercicio. Con el tiempo, Tulia fue tornándose cada vez más relajada y si no entendía algo o le nacía una curiosidad me preguntaba y hasta con cierta impaciencia. Ella necesitaba una respuesta y rápidamente, como los niños. Me preguntaba cosas de todas las áreas: de astronomía, de amor, de cocina, de la ciudad, de la televisión, etc., y se quedaba un poco frustrada cuando le decía “no sé”. Después de casi seis meses de trabajo conjunto, una mañana Tulia, en un acto de confianza, me dejó conocer su patecabra. Ésta se presentaba como un artefacto o cuerpo que superaba la potencia de su cuerpo, un cuerpo que ampliaba su cuerpo y que la defendería de posibles agresiones verbales. Esta situación ilustraba una especie de economía de fuerzas y palabras en busca de equilibrio. En esta misma dirección, pensé que el cuerpo de Tulia, viviendo en la calle, padecía siempre de excesos: de frío, de hambre, de miedo, de falta de palabras y de falta de protección, y que posiblemente ante la necesidad de contrarrestar esta situación que minimizaba la potencia del cuerpo, se acudía a otro cuerpo que la ampliara.
2.3 La lectora: En el taller de lenguaje pasábamos cada día un par de horas juntas y Tulia había empezado a tomar sus propias decisiones sobre lo que quería hacer. Varias veces me encontré a su lado mientras ella leía en voz baja, solo para ella. Era difícil entender lo que leía porque además del bajo volumen, no hacía las puntuaciones. Leía todo con el mismo tono, deteniéndose cuando se quedaba sin aire y uno la veía completamente retirada del mundo, pues nada de lo que ocurría afuera tenía importancia. Ni las peleas cotidianas por el turno del lavadero, ni los golpes en la puerta que daba alguien que quería hacerse notar, ni las conversaciones que teníamos los que estábamos a su lado la interrumpían. Yo me quedaba pensando, que contrariamente a lo que parecía, Tulia también estaba conversando. Conversaba con las voces del libro que tenía entre sus manos. Y era sobresaliente como esas silenciosas conversaciones, eran más cautivadoras que las conversaciones que teníamos los que estábamos a su lado. Sin embargo, nosotros, los que estábamos a su lado, Martela, Sara, Jany y yo, representábamos en esos momentos una especie de respaldo, de terreno firme al que ella podía volver en cualquier momento. Le asegurábamos un estar, le ayudábamos a construir un lugar donde ella, contando con nosotros y al mismo tiempo olvidándose de nuestra presencia, pudiera salir al encuentro de sí misma, en conversaciones con esos otros. Si pocos eran los que querían conversar con Tulia, ella resistía a la discriminación y la burla con la compañía que le proporcionaban sus cuentos. En alguna ocasión, ella había estado leyendo durante largo rato en el taller. Yo había participado de una reunión de equipo de trabajo en la oficina de la casa, y desde allá la observaba como resguardada en una especie de burbuja construida entre ella y el libro que tenía entre sus manos. A veces interrumpía su lectura y se asomaba por la ventana para mirar qué estaba ocurriendo en el patio, donde se encontraban sus perros. Cuando la reunión terminó, volví al taller y le pregunté de qué se trataba el cuento que leía y ella hizo una narración un poco atomizada y llena de emociones que comunicaba con su rostro colorado. Sus explicaciones y descripciones estaban llenas de detalles, como si al leer colocara una lupa sobre las cosas. Y cuando narraba los acontecimientos del cuento, se detenía en los personajes y parecía como si me estuviera mostrando algo, una cosa.
2.4 Copiar y copiar: A pesar del alboroto de la gente en el primer piso y los insultos que de vez en cuando alguien le lanzaba a Tulia, ella permanecía en su cuento. La Bella Durmiente, El Loro Sabio, Raponcel, los enanos de Blanca Nieves, y los animales de las historias de los hermanos Grimm, eran su compañía. La veía copiando los cuentos en cualquier papel que sacaba de entre sus pechos, que recogía de lo que habíamos dejado sobre la mesa o que retiraba de la caneca. Esa práctica de copiar y copiar los cuentos me dejaba pensando, pues me recordaba cuando yo era niña y hacía lo mismo. En alguna ocasión, cuando contaba con unos siete años de edad, copié una versión extensa de Alí Baba y los cuarenta ladrones, cuento que me dejaba maravillada, porque cada vez que se pronunciaban dos palabras: ''ábrete sésamo'', la poderosa cueva que guardaba los más valiosos tesoros, se abría. Un par de palabras vencían el peso de una enorme roca. Y después de pasar semanas trabajando cotidianamente en este propósito, le llevé la copia a mi profesora, quien de alguna manera se desconcertó o poco le interesó. Ella no dijo nada y yo me quedé con el sentimiento de que algo me hacía falta. Años después encontré otras palabras que me ayudaron a explicar lo que sentí: “Cuando alguien con la autoridad de un maestro, describe al mundo y tú no estás en él, hay un momento de desequilibrio psíquico, como si te miraras en el espejo y no vieras nada”. (Rich Adrienne. En: Rosaldo 1991). Pues Tulia hacía lo mismo, copiaba los cuentos que le gustaban. Muchas veces esas copias se le quedaban en el taller, otras veces se le perdían, y a veces las mantenía ocultas entre sus cosas durante varios días. Copiar… y copiar… Copiar lo que a uno le gusta: recoger de un lado las letras impresas y ponerlas en otro papel. Pero, ¿qué es lo que nos gusta? Intervenir aunque fuese físicamente la existencia de esas historias que parecían inaprensibles. Tal vez copiar esos cuentos nos hacía sentir en contacto con historias que de alguna manera ya conocíamos, o sea, algo dentro de nosotras las reconocía como propias. Entonces podríamos pensar que nos gustan porque nos copian, y que son ellas quienes nos leen. Y el ejercicio de pasar a la letra de uno -con la mano cogiendo un lápiz- lo que está en las letras impresas, para llevarlas a otro papel, ¿eso para dónde iba? Todo esto parecía ser una cadena de cuerpos y puentes entre los cuerpos que se ligaban para dejar pasar las palabras. Entre las cosas que Tulia llevaba al taller, un día llevó un recorte, donde para mi, había “unos niños con unos pajaritos” pero ella dijo: “es la historia de los amigos de los pajaritos”. Ella, ante su necesidad de integrar los pajaritos a la vida de los niños, los hizo amigos de los niños, y adicionalmente, nombraba los niños, en tanto eran amigos de los pajaritos. Finalmente me quedé pensando que los personajes importantes para Tulia, eran los pajaritos, aunque para mí lo fueran los niños. ”Tal vez las lecturas de historias con animales le recuerdan a Tulia su vida en el campo, su pasado, su infancia. Quizá Tulia reemplace la falta de gente que la reconozca, le hable y la trate como amiga, recurriendo a los animales para no sentirse sola. Por esto comparte su vida con los perros. Puede ser que alguna vivencia de su infancia al lado de los perros, las vacas, los pollos, se haga vigente en su relación con la literatura”. (Sanabria 1995). Cada vez nos relacionábamos más a través de juegos. Competíamos en la creación de versos y refranes, rememoración de canciones, adivinanzas y trabalenguas. En una oportunidad, en medio de la competencia repitiendo refranes, ella me comentó: “el perro y el caballo son los amigos del hombre”. Se rió y luego se quedó muy seria mirándome a los ojos. Permanecimos en silencio. Después, pareciendo encontrarse lejos, muy lejos, se paró sin mirar a nadie y se fue sin decir ni adiós. En otra ocasión Tony, uno de los perros de Tulia, subió al segundo piso una mañana y entró al taller donde teníamos unos afiches y papeles en el piso. Ella quiso detenerlo y me reclamó diciéndome que “él no es bruto”, que el problema era que yo había dejado todo tirado y que a pesar de eso, él había pasado con cuidado sin dañar nada. Me quedé muda. Su inmediata defensa me causó admiración. No era la primera vez que pensaba que Tulia humanizaba sus perros: ella parecía hablar de un niño cuando explicaba que no era bruto y adicionalmente el perro le respondía de manera asombrosa. Tony había pasado con cuidado, sin pisar los papeles, hasta llegar donde ella. Sí Tulia y yo copiábamos los cuentos porque de alguna manera ellos nos copian, y si Tulia tendía a humanizar los perros y los pajaritos, podríamos pensar que en las historias con animales, tendíamos a animalizarnos. Es decir, que esas historias nos recordaban cuanto podíamos tener de animales, nos remitían a ese ser primario que vivía dentro de nosotras y esto nos identificaba.
2.5 Todavía soy pintora: En las tardes, Tulia asistía al taller de pintura e iba recreando los pequeños príncipes con espadas y las monstruosas madrastras y brujas de sus cuadernos. Ahora ella experimentaba formatos mayores y pintaba con crayolas, carboncillos, colores, acrílicos, y lápiz, sin reparo. A veces las técnicas se mezclaban insólitamente y Tulia iba lentamente mostrándose y afirmándose como pintora. La casa de Cachivache organizaba periódicamente una semana de puertas abiertas, donde se exponían los trabajos realizados en los talleres. Tulia sobresalía cada vez, como la más productiva en el taller de pintura. Había pintado a “Federico”, el coordinador del programa, a la profesora de pintura, “Cecilia con muletas”, porque se había fracturado una pierna, a un locutor deportivo de televisión, al que llamó “señor Gol”, “Una pareja” y “Unos pollitos”. En esta segunda exposición de puertas abiertas, algunos periodistas visitaron la casa y entrevistaron a la directora del proyecto. A los pocos días, salió en la prensa un conjunto de fotos de los cuadros de Tulia y unas palabras sobre el Proyecto Cachivache. Cuando leí la nota, tuve el impulso de cortarla y llevársela a Tulia. Una vez llegué a la casa de Cachivache, la busqué y le comenté que había salido un artículo en el periódico sobre la exposición y antes de poder hacerle algún comentario, ella me interrumpió diciendo: “Se adelantaron Rosario, han debido esperar que yo me muera. Yo todavía soy pintora” (Sanabria 1995: 19). Tulia pensaba que se habían adelantado, argumentando aún estar viva, probablemente porque se referían a ella a través de la escritura. Como si la escritura tuviera relación con la muerte. Nos recordaba que la escritura fija y por esto se podría decir, “eterniza”, lo que ya incluye una idea de muerte. Además porque lo que ha sido fijado, presenta una suerte de resistencia a la transformación, idea también cercana a la muerte. Adicionalmente, estas ideas contrastaban con la vitalidad con que ella se expresaba oralmente, y más aun cuando hacía su reclamo diciendo que aun estaba viva, acudiendo a la práctica pictórica. Ella había dicho “todavía soy pintora”. Resultaba relevante el hecho de nombrarse como pintora, no solo por la convicción con que ella se identificaba con el oficio, sino también porque la pintura representaba una opción de ser para ella, y de ser en vida. En este aspecto la pintura y la oralidad se mostraban similares, ellas eran vida, en la medida en que eran siempre una nueva y única versión. Por el contrario, la escritura alfabética fijaba, brindando la opción de encontrar, cada vez, una misma versión; en un cierto sentido, pues no podemos desconocer la renovación que vive cada texto, en la siempre nueva lectura. Cuando Tulia pintaba los butacos que vendía, cuando pintaba sus cuadros en el taller de pintura, o cuando ilustraba las historias de animales en sus cuadernos, con frecuencia iban surgiendo sus palabras en forma oral. Me hacía pensar que pintar y expresarse oralmente hacían parte, en este caso, de una especie de performancia, en donde estas vías de expresión estaban integradas. Después de varios meses de práctica en el taller de pintura, una actividad permanente de lectura y algunas prácticas corporales, Tulia empezó un proceso de recreación de su historia de vida, y su niñez se tornó tema de conversación y de reflexión permanente. Ahora ella me buscaba más para hablar y me interrumpía cuando estaba trabajando con otras personas. Los cuentos de hadas y las historias con animales la estimulaban para hablar sobre cómo era su vida en el campo, cuando vivía en una casa grande donde tenían animales. Era la casa de su padrastro y ella tenía como función cuidar los animales. Cuidaba las vacas, los perros y los pollos.

2.6 De memoria: Habían pasado casi ocho meses y venía encontrándome con Tulia a cada mañana. Compartíamos momentos diversos, de silencio, de juego o conversación y de complicidad. Me sentía a gusto a su lado, y cuando pasaba un par de días sin que ella asistiera al taller, yo la extrañaba y a veces me preocupaba. Algunas veces sentí que el olor de su cuerpo me fastidiaba, pero solo ahora se lo decía. Hice conciencia que ella había tomado el hábito de bañarse y lavar su ropa, gracias a la compañía de Marlene, la trabajadora social que promovía amorosamente el cuidado de los cuerpo, sabiendo que promovía al mismo tiempo el cuidado del alma. Sin embrago, en este momento, por alguna razón Tulia volvía a descuidarse. Adicionalmente, en el último periodo ella estaba irritada a menudo y no la veía con la misma frecuencia en el taller. Este periodo coincidía con la activación de su memoria. En el taller de pintura, me contaba la profesora, permanentemente estaba evocando sus hermanas, y algunos eventos que habían vivido con ellas. En una ocasión, estando en el taller de pintura, ella sintió un fuerte olor a café. Rápidamente dispuso de una escalera para buscar en el tejado del taller, creyendo que allá iba encontrar los bultos. Bultos de café, como cuando ella era niña y en su pueblo sacaban el café para secarlo al sol y luego lo almacenaban. Nada la contuvo, ese aroma la había trasportado espacial y temporalmente, y ella no pudo más que acudir en busca de lo que en ella estaba presente.También habíamos estado hablando sobre el tiempo en que ella asistía a la escuela, siendo una niña. Me contaba cómo era la casa de esa escuela y recordó que se iba a pie con una hermana todas las mañanas. Le pregunté si quedaba lejos y me dijo que “el monte, a donde quedaba la escuelita, quedaba como de aquí a la iglesia de Belén”. También contó que cuando hablaban o hacían mal las tareas, la profesora las golpeaba en los dedos con una regla. Otro día, ella subió a la escuela a media mañana y me mostró unos dibujos que había hecho. Cuando le pregunté donde había visto el carrito rojo que aparecía en el dibujo, se puso brava y me dijo: “no quiero recordar ni mierda, Rosario”. Después me dijo que contar historias de personas que uno conocía era de mal agüero y que era por eso que a ella le empezaba a doler la cabeza. Después me dijo: “Mejor yo leo los cuentos Rosario, no quiero recordar ni mierda”. Haciendo una competencia de refranes, como tantas otras veces, Tulia ganó el juego sin mostrar ninguna emoción, y sin la alegría que esto le proporcionaba anteriormente, me dijo: “hágalo sola p`a que el tigre se la coma”.., y siguió: “el tigre se comió a mi bebé, él se quedó allá en mi país, en el Huila”. Tulia retomaba contenidos de su vida y los enunciaba espontáneamente. Había iniciado un proceso de traer al presente recuerdos de su vida pasada que habían permanecido guardados durante años y que tocaban su ser más íntimo. Los juegos de palabras que habíamos practicado, se tornaban antesala de contenidos de su memoria que retornaban con fuerza. Esta fuerza reveladora de sí, la dejaba un poco desconcertada y yo la veía con frecuencia malhumorada y peleando en el primer piso. Con frecuencia dejaba de asistir a la escuela. En el mismo periodo, a la salida del taller de teatro me visitó una mañana. Se quedó mirando unos afiches de salón de belleza que había traido Martela y me dijo: ”Ay Rosario, yo me quiero pintar el pelo, ser otra, no tener carro ni perros y tener una casi…ta, o tener otro carro y otros perros, p'a que otro me quiera. Chao Rosario, no voy a estar aquí más, porque lo vuelven a uno loco. Quiero tener una pieza con mis pinturas, invito a la gente a mi pieza, o a ustedes, no a gamines. Y vendo mis pinturas y listo” (Sanabria 1996). Uno la veía imbuida en si misma, como si las cosas en su interior estuvieran solicitándole un camino para salir y ella un poco sorprendida de sí y de su mundo interior que se abría paso, se mostraba incómoda y nerviosa. La burbuja que parecía resguardar a Tulia cuando se sentaba a leer en el taller de lenguaje, parecía envolverla ahora permanentemente, al mismo tiempo que se quebraba, haciendo contacto con su vida del presente. Quería pintarse el pelo, tener otra imagen de sí, ser otra persona, tener otra historia. Estaba deseando tener un amor que la viera como otra, o que la ayudara a renovarse. Estaba queriendo huir y en lugar de recordar, prefería quedarse leyendo cuentos. Acudiendo a todo lo que estaba viendo de sí, quería pintar, bajo un techo que la protegiera. Cuando ella quería reemplazar sus propios recuerdos por los relatos de los cuentos que leía, me hacia pensar de nuevo que algunos contenidos de estos cuentos ya le pertenecían, como el aroma de café que su memoria le había proporcionado como un hecho del presente. Al tiempo que releía los cuentos de hadas y parecía estar huyendo de su mal humor, Tulia pintaba en gran formato las princesas y bellas durmientes. Uno podría pensar que si Tulia quería pintarse el pelo y ser otra, como ocurre en los cuentos, gracias a un embrujo o unas palabras mágicas, tal vez ella estaba queriendo salir de un estado para ser otra, como le solía ocurrir a las princesas. “Con Tulia nos vemos y ella está con frecuencia en el salón, pero hace días no estamos solas, no conversamos las dos. No sé que esta viviendo ahora pero empieza cosas y las deja, siempre esta con hambre y sueño. El sueño la tumba. También creo que no hay algo que la atrapé. Ella evoca su pasado y sus vivencias de niña en todo los que hacemos. Cuando le he propuesto que hable de esos recuerdos fuera de un ejercicio dice claramente que de “eso” no quiere hablar. Yo le sigo llevando cuentos, ella lee y dibuja siempre”. (Sanabria 1995).

2.7 Entre hadas y animales: Tulia vivía en un mundo que no era precisamente de hadas. Sin embargo, la evocación de lugares remotos en frases como: ...Vivió hace mucho tiempo…, En un bosque lejano… o, Erase una vez… hacía que ella tomara distancia de su entorno inmediato para encontrarse con fragmentos su ser más íntimo representados en aquellos personajes como la princesa buena, el lobo feroz, la bruja mala, todos ellos personajes del mundo de las hadas. Esta evocación de un tiempo remoto y la descripción de un lugar de ensoñación y fantasía, diferente y muchas veces opuesto al mundo real, llevaban a Tulia a deslizarse cotidianamente a instancias remotas de su ser, le permitían transportar sus propios conflictos, sus grandes y pequeñas inquietudes sobre cómo era y como hay que ser en la vida. Con tan pocas voces que la acompañaban en su día a día, Tulia se encontraba en sus lecturas de países lejanos, con variados personajes en diferentes situaciones de la vida, que se tornaban si no sus interlocutores, si oportunidades para que partes de su ser dialogaran y tal vez llegaran a acuerdos. Al encontrar los sentimientos y rasgos del carácter de los personajes en forma separada (el príncipe bueno, la bruja mala, el sapo fiel o la cigarra traidora), como no acontecía en la vida de todos los días, Tulia intentaba ordenar el caos que a veces la embargaba e indisponía en su vida cotidiana. En varias ocasiones la vi llegar muy malhumorada al taller, renegando contra alguien que la había ofendido o robado alguna cosa y tratando de poner al lado de esta situación su generosidad en el parche o su respeto por los objetos ajenos. Seguidamente, la lectura de los cuentos de hadas la calmaba poco a poco. Ella interrumpía su lectura y me hacia comentarios hallando similitudes entre los animales de los Hermanos Grimm y los demás visitantes del taller y de la casa. La veía salir más liviana del salón. Tal vez con más ánimos para volver a ensayar a superar sus conflictos o remediar sus desencuentros con alguien. Tulia estaba elaborando cosas de su vida más íntima, al tiempo que se entrenaba para la práctica de la vida cotidiana. Abandonando por un cierto periodo las princesas y las brujas, ella pasó a vivir un periodo de gran interés por los cuentos con animales y cargaba pegado a su cuerpo un libro de cuentos de los hermanos Grimm. La fuerza del león parecía impresionarla bastante. Tenía una lámina de un león, de formato mediano, que doblaba dos veces para guardarla también entre sus pechos. Venían a su mente cantos y refranes con leones. El asunto pareció quedar resuelto cuando después de haber hecho varios pequeños leones en sus cuadernos de rayas para la escritura, pasó a hacer en el taller de pintura un gran león de melena poderosa y colorida. Por el mismo periodo Tulia pintó a Cecilia, la profesora de pintura y a Federico, el coordinador del proyecto. Cecilia aparecía en el centro del cuadro, con rostro de expresión tranquila y en armoniosa convivencia en un mundo de grandes animales y pequeños árboles. En otro cuadro, Federico, estaba parado con un objeto en la mano, que sugería ayudarle a controlar un entorno de fuerzas en acción. Cecilia la acompañaba en su práctica pictórica, mientras Federico, le ayudaba a vivir en un pequeño mundo donde las normas la protegían de las fuerzas de los otros y de sus propios impulsos. Estos dos cuadros pertenecen a la misma serie de princesas, parejas en la montaña, y animales feroces. Después de un año de contacto, Tulia aprovechaba el silencio que lográbamos defender en el taller de lenguaje, para contarme en voz baja apartes de las historias que leía. Se emocionaba con eventos y personajes a tal punto, que a veces esperaba, casi aguantando, a que terminara de trabajar con sus compañeros para estar a solas y contarme un poco. Otras veces le bastaba copiar apartes de estas historias, quedándose a solas, o dibujar sus personajes sobre las rayas hechas para la escritura, sin reparar en su entorno inmediato.
2.8 De libritos y derechos: Como recortar y pegar eran ejercicios cotidianos en el taller, con frecuencia nos proponíamos hacer un collage grande entre los que estuviéramos presentes ese día. Aprovechábamos las revistas que había, de moda o publicidad y alguien escogía el tema. Sara, una joven que no sabía escribir su nombre, mostraba tímidamente su auténtico interés en participar. Acercó unas revistas del armario y sin preguntar nada empezó a recortar la primera con las tijeras que le había prestado. Tulia intervino rápidamente quitándole la revista y diciéndole: “¿No ve que los demás tienen derecho? ¡Como los libros no tienen boquita para decir: no me dañen! ...Es como con los perritos”. Sara había cortado una revista de historia y Tulia, que cuidaba los libros como “a los perritos”, no pudo evitar detenerla. Podía constatar por experiencia propia, a través de su lectura, que los libros tenían voz, aunque no tuviesen boca. Los libros que leía representaban voces; voces que la acompañaban silenciosamente en medio del ruido del mundo que no le hablaba a ella, voces que le hablaban en un mundo que la ignoraba. Voces que ella no iría a ignorar, como no podía ignorar a los perros que la acompañaban en un mundo que la dejaba sola, aislada de los otros. En el acto de leer, Tulia parecía experimentar su verdad más íntima, al mismo tiempo que su humanidad compartida. Este ejercicio de intimidad, de construcción y recreación de su propia subjetividad, le daba paso al ejercicio de saberse al lado de los otros, saberse necesitada de la compañía de los otros. Y era precisamente en los libros donde ella se encontraba con otros; otros que le recordaban que ella tenía derechos, por el hecho de ser un otro, una otra. Y era esto lo que yo entendía que Tulia estaba reclamando, sus propios derechos. Y más exactamente el derecho a una voz. ¡Cuan digna era Tulia! ¡y en frente de un mundo tan indigno! Recogiendo libros en la calle construía su propio derecho, del que sabía muy bien, deberían gozar los demás. Por primera vez le sugerí a Tulia escribir algo sobre los libritos y ella escribió en una hoja que desprendió de su cuaderno: “Los libritos sirven para leer, para divertirse, para instruirse, para dar sueño, para estudiar, para leer los cuentos, para aprender a leer, para rezar, para bendecir, para la oración, para aprender la lección, las revistas, el periódico, revista de historia, de español”.

2.9 Re-memorando: Tulia había vivido un periodo de evocación de su infancia y en general de episodios de su vida pasada, mostrándose siempre malhumorada, queriendo evadir sus propios pensamientos. En el periodo siguiente se dedicó especialmente a la pintura, práctica que intercalaba con la experimentación de la grabadora y la máquina de escribir. Después de ese periodo lúdico de experimentación, Tulia volvió a liberar su memoria, pero esta vez cada evocación ocurría de manera ligera y ella parecía dejarla fluir. Una mañana entró a la escuela y se quedó mirando un afiche que trajo alguien para Martela, quien volvía decir que iba aprender belleza. El afiche era de un hombre joven y bello, recién peluqueadito, bien maquillado y sonriente. Tulia se quedó mirándolo y repetía varias veces “ese es mi hermano”. Luego se sentó conmigo y empezó a describirme a su hermano: “él era de ojos claros, como azulitos y mi mamá también tenía los ojos azulitos, casi parecidos”. Ella tocó la superficie del afiche y con su mirada me pedía una autorización. Lo desprendió de la pared emocionada. Se quedó en silencio mirándolo de cerca, y con sus manos de piel dura acariciaba ese rostro. Me señaló con sus dedos, que esas eran las cicatrices que él tenía. Me contó que su hermano tuvo un accidente echando pólvora y que por esa razón le quedaron esas cicatrices y que tenía la nariz un poco diferente. Con este afiche en su canto, Tulia se sentó a copiar los textos del afiche y pasó la mañana escribiendo y mirando a su hermano. Humberto, que desde que la máquina de escribir estaba presente visitaba la escuela y Tulia, habían realizado un mapa grande de Colombia. Allí trazamos las rutas de los viajes que habíamos hecho y señalamos las ciudades que conocíamos. Después de la algarabía del ejercicio de trazar los viajes de cada quien, Tulia se me acercó y en voz baja me invitó a que buscáramos en el atlas la ciudad donde ella nació. Empezamos buscando el Huila, y luego ella señaló la ciudad de Ibagué. Se iba emocionando porque sabía que ya estábamos cerca. Después de buscar y buscar me dijo que tal vez su pueblo no salía en el atlas, por ser muy pequeño. Entonces le propuse que buscáramos el mapa del Departamento y el índice de ciudades y pueblos. Ella un poco impaciente me propuso buscar Villarica, diciéndome que era un poco más grande y que quedaba cerquita. Acercarnos a su pueblo, la cambió un poco, me hablaba con voz firme, me daba órdenes y se mostró impaciente. Era claro que era ella la que sabía para donde íbamos. Buscamos en el índice y le mostré que había encontrado Villarica. Buscamos la página y ahí estaba. Entonces, Tulia repetía varias veces bajando la voz: “Icononzos, está muy cerca”. Por fin lo encontró y se volteó a mirarme llena de alegría y me dijo “Sí, ahí queda”, con tono de autoridad. Al rato se despidió. “Rosario, ya me voy…chao. Tulia me fue contando que ella había huido de su familia porque la pasaba mal con ella, porque la maltrataban. Ella había llegado a Bogotá hacía unos quince años con su hermana, pero no quiso trabajar como “mujer de la vida”, sino que se dedicó a recoger de la basura, cartón, botellas, ropa, y cosas que a su parecer aun servían. Según me contó, fue a partir de esta práctica como ella fue teniendo contacto con algunos libros, cartillas escolares, y hasta el misal pequeño que me mostró y que cargaba en el pecho. Hacía ya varios años que ella vivía en las calles del barrio La Candelaria en un carro-casa de balineras que ella misma había construido, y que estacionaba temporalmente en alguna calle o rincón que le proporcionara un poco de sosiego, o donde los vecinos no salieran a reclamarle para que despejara el espacio público. Desde entonces vivía allí con sus perros que a veces llegaban a ser seis o siete. Tulia empezó a asistir al taller de cerámica, aunque inicialmente le parecía un poco extraño. Sin decir nada y sin que le dijeran nada, ella fue cogiendo un poco de barro y empezó a hacer cuadraditos. Este ejercicio le evocó momentos de cuando era niña y en su casa hacían panela. En otra visita al taller de cerámica ella fue haciendo unas bolas que después aplanó. Empezó a hablar de cómo se hacían las arepas en su tierra, y de cómo las hacía su hermana. Así, sucesivamente fue recordando su vida y elaborando piezas de cerámica de una verdad sin par. Terneros, vacas, burros, y pollos fueron sus primeras piezas. Posteriormente pasó a hacer rostros y próceres, que serían su siguiente tema de trabajo. Volví a preguntarle a Tulia sobre su paso por la escuela cuando era niña y recordó que la golpeaban porque no aprendía rápido. Después de un tiempo la sacaron porque decían que no aprendía, que “era bruta”. Contó que luego, en su pueblo, fueron a dar clases de modistería y a ella no la dejaron aprender porque dijeron que ella estaba loca. Al final dijo que en Cachivache era la primera vez que ella podía aprender. Tulia no paraba de recordar fragmentos de eventos de su vida. Ahora hablaba de haber tenido un padre y un padrastro. Y expuso una teoría sobre sus apellidos, que no pude entender. Dijo que el padre no le había dado el apellido, pero no entendí si ella tenía el del padrastro o solo el de la madre. Muy impresionada por la muerte de un amigo, Tulia pasó varias semanas tratando el tema de la muerte. Se acordó de cuando vivía con su tía y fueron al cementerio a sacar los restos de su papá. Para sorpresa de ellas, los restos ya no estaban. Según ella, ''los habían sacado y echado al hueco''. Ella creía que los habían sacado para poner a otro muerto en el hoyo. Tulia lamentaba no tener un huesito de su padre, porque según ella éste la acompañaría y, así, le iría siempre bien.

3. EL PAPEL, ESA OTRA PIEL Después de un año y casi seis meses, empecé a notar que Tulia, como Martela, Nilton y otros visitantes más o menos constantes del programa, se expresaban mejor. Adicionalmente advertí, en los visitantes menos asiduos o esporádicos y aún en los ocasionales, que su modo de comunicación habitual, colmado de desconfianza, se iban permeando de la dinámica de la casa. Esto, sin desconocer que en otras ocasiones --menos frecuentes--, ocurría lo contrario. Bastaba que llegara un largo, un duro, o una de las autoridades “en materia de la calle”, para que todo cambiara. Solo su ronda por la casa ocasionaba un temblor generalizado y todos resultábamos hablando en voz baja. También era notorio que en este nuevo periodo, cuando asistíamos a las reuniones del viernes, donde se reflexionaba colectivamente sobre la convivencia y se dibujaban proyectos y actividades, los nuevos visitantes se veían cuestionados por el entorno y aprendían que bastaba alzar la mano y esperar el turno con un poco de paciencia para tomar la palabra y que al hablar sin respetar esta norma, nadie los escuchaba. Tulia hablaba un poco más desinhibida y Niño, uno de esos duros que aun dejaban ver su corazón, reconocía que él y sus compañeros habían cambiado, porque habían aprendido a respetarla. Si en las primeras reuniones a las que asistí se respiraba temor de hablar y muchas veces las intervenciones respondían a impulsos sin mediación, ahora se podía percibir cierta calma para expresarse y una más frecuente, variada y relajada participación. Pues las palabras que habían ido surgiendo en estas reuniones, habían sido la materia prima para construir un modo de convivencia. Martela, que en su proceso se había acercado a Dios y aprendido que la palabra “es cosa seria”, ahora escribía. Claro que había que soplarle y acordarle cómo sonaban las letras evocando los nombres de quienes la habíamos acompañado en este aprendizaje. Que se quedara donde los evangélicos, que regresara a la calle, que volviera a Cachivache, ¡ella vería!. Un día, después de un par de meses de ausencia, nos volvió a visitar y estando sentadas en la escuela, le dije con el tono de profesora que a ella le gustaba: vamos a hacer un dictado”, y ella dijo, “bueno”...y “no sacó el cuerpo”. Empecé: Limón (con la de loro), tomate (con la de Tania), manzana (con la de mamá), papaya (con la de Pedro), y ¡qué habilidad! Ella las escribió, sin errores y las leyó. Nos las leyó a varias personas, las leyó para los otros. El asunto parecía ser que uno hace las cosas cuando las necesita hacer o cuando tiene sentido hacerlas. Martela había aprendido a través del teatro, como Tulia con la pintura, que existe un lugar diferente a uno y a los otros, donde está uno y están los otros, donde podemos inscribirnos, hablar de nosotros mismos. ¿La escena, el lienzo o el papel? Con Tulia habíamos aprendido en la escuela a estar atentos a la caneca de basura. Allí habíamos encontrado cosas valiosas: la pasta de un libro de cuentos que se nos había refundido, crayolas, lápices y colores de tamaño mediano, calendarios pequeños, recortes de revistas que alguien había despreciado, alambres que servían para amarrar un libro o el radio, y escritos nuestros y de otras personas. Empecé a seguirla en la labor de sacar los papeles de la basura y desarrugarlos. Así nos fuimos animando con ella y Ada, que estaba haciendo con hojas sueltas un diccionario de groserías, para buscar un cuaderno donde pegáramos, neciamente, los escritos y dibujos que habían ido a parar a la basura. Pensando en la dificultad de llevar un cuaderno entre todos, llegamos a la idea de una gran cuaderno, donde todos cupiéramos, donde pudiéramos pegar todo cuanto encontrábamos, y que hiciera las veces de una memoria de nuestro tiempo compartido. Un diario de la escuela. Intentamos juntar muchas hojas para armar el cuaderno grande que habíamos imaginado, pero resultaba frágil. Entonces tomamos un directorio telefónico, y allí al lado de todos de las grandes empresas, de la lista de domicilios de los ciudadanos, allí, nos pegamos a los otros. Cada una de nosotras escogió un escrito y lo pegamos. Tulia pegó sus escritos sobre la alegría y la tristeza, Ada su versión de Caperucita en el Cartucho, Martela su lista de nombres de cosméticos y yo pegué un sueño que había tenido y escrito cuando la escuela apenas se inauguraba y que por pudor no había sido capaz de compartir. Con el paso del tiempo, adquirí el hábito de ir pegando allí los escritos que encontraba ya fuera en la caneca, en el piso, o aun insertos en la máquina de escribir. Ada y otros iban haciendo lo mismo a su ritmo y eligiendo lo que querían mostrar de si mismos. Y si algunos inicialmente se mostraban indiferentes a nuestro libro gordo, él fue adquiriendo su propio lugar. Cada mañana, al abrir la puerta de la escuela, lo veíamos ahí, reposando encima de la mesa, como un objeto dispuesto a su animación. Luego de un largo periodo de silencio y otro de ejercicios orales, la escritura había ido tomando un lugar privilegiado en la escuela. La práctica de la escritura era una oportunidad para acordarse de lo personal, de lo íntimo, y los escritos aparecían como un ejercicio de reposo opuesto a la peregrinación y la volatilidad propias de la vida en la calle, donde las palabras eran escasas y las huellas las guardaba el cuerpo. La gracia de la máquina que dejaba impresas las letras había impulsado de manera excepcional la práctica de escribir en la escuela. Tal vez porque esas letras que salían de nuestros cuerpos y pasaban por ese otro cuerpo, tomaban la apariencia de las letras que circulan e invaden los espacios de quienes sí tenían un lugar en la sociedad. Y quien se sentaba en frente de esa máquina, se tornaba alguien con mayor prestigio. Escribir en esta máquina se tornó un ejercicio para experimentar un otro lugar, una especie de ensayo para cambiar de lugar. Sin embargo, estos textos escritos, en su gran mayoría guardaban el tono de la voz, tenían el carácter de las palabras dichas, y así pretendían ser huellas personales que salían del cuerpo para fijarse en el papel. Tulia, que había escrito en una página la presentación de su recorrido como pintora, remitiéndose a su nacimiento y a una serie de episodios de su vida, había hecho claramente un ejercicio de memoria, había reconstruido rápidamente su pasado, estableciendo cronologías e imaginando un futuro. Los textos escritos en la escuela, que ya se quería llamar biblioteca para dejar de ser “tan infantil”, habían apoyado este ejercicio de fijación de la existencia y de elaboración de una historia personal, lo que quería decir que como resultado de una serie de movimientos se superaba ese eterno presente de la vida en la calle, para configurar una idea de futuro. ¿Que íbamos a hacer un libro? Esto me sonaba un poco exagerado. Adicionalmente veía una dificultad, pues creía que contábamos con pocos escritos. Solo había recogido los que se quedaban en el salón por olvido o por desprecio. Pues la mayoría de las veces se los llevaban, y en otros casos se los guardaba sin leerlos, como ellos lo pedían. Proponer la idea de hacer un libro generó inquietud. Algunos querían mostrar todo cuanto tenían en sus cuadernos y que se pasaran sus textos a máquina, otros no querían saber nada de este proyecto, pero a última hora, se decidían. Finamente recolectamos una cantidad exagerada de textos e imágenes y fuimos negociando día tras día lo que cada quien quería mostrar. Por limitaciones económicas debíamos escoger para la publicación, un color además del blanco y el negro, y esto se haría en grupo. Tulia pensó en el rojo. Y nos explicó que debía ser “rojito como la sangre que va por las venas”, señalando en su cuerpo el caminos de ellas. Lo dijo con tal convicción que nadie tuvo objeciones y el color elegido fue el rojo. Al recordar hoy las palabras de Tulia, no puedo dejar de pensar en las palabras de Sotigui Kouyaté, a quien escuché narrando historias recientemente. Contaba que el antecesor y fundador de los Kouyaté había sido un hombre que había bebido la sangre del gran profeta, hombre santo que al ser herido en una batalla, había comenzado a sangrar de manera incontenible y la tierra, que recibía este flujo rojo, se negaba a absorberlo. Absorbiendo su sangre, Kouyaté había salvado la vida del gran profeta. Los Kuyaté, también portadores del nombre Dieli, que significa sangre en Bambará, representan desde entonces la principal familia de los Griots, identificados en África del oeste, principalmente en Burkina Fasso, como portadores de la palabra pública. El libro titulado Este Parche sí es Ñerístico, que aparece como Anexo No.1 de esta monografía, fue armado con textos e ilustraciones de la gran mayoría de los visitantes de la casa y su tercer color fue el rojo. Pues la idea que nos sugirió Tulia, que las palabras como la sangre, circulan por los cuerpos manteniendo la vida, complementaba las palabras de Michel de Certeau: “los papeles son colocados en el lugar de nuestra piel y que, substituyéndola durante los periodos felices, forman en torno de ella una capa protectora. Los libros son apenas las metáforas del cuerpo” (De Certeau 1990: 231).

 
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